– ¡¿Minerva te vestiste?!
– ¡No! Aún no me he vestido. – Respondió esta desde su habitación.
– ¡Apresúrate que tenemos que salir rápido!
Minerva abrió el ropero y respondió:
– Tía, no entiendo por qué tengo que ir, también.
– Ya te lo dije, ella nos ayudó mucho con todo el papeleo y siempre estuvo muy preocupada por ti.
– Bien. – Respondió Minerva con rostro molesto. – No entiendo por qué tengo que ir, ¿por qué no va sólo ella y ya?
Bajó su ropa.
– ¡No refunfuñes, Minerva!
Algo sorprendida, Minerva exclamó:
– ¡¿Que?! ¿Acaso tiene oídos en las paredes?
– No. Sólo te conozco, Minerva. – Respondió su tía orgullosa.
– ¡Deja de hacer eso!
– ¡Bien!
La joven escogió algunas ropas y vistiéndose anunció:
– ¡Ya estoy lista!
Minerva bajó las escaleras.
Estaba contenta con su atuendo; era bastante lindo, colorido, pero no brillante, suave, pero no apagado, recatado, pero no…sus pensamientos fueron interrumpidos por su tía que abría la puerta, acompañada de un manojo de llaves, para dirigirse al auto.
– Entonces, vamos, que estamos atrasadas y no me gusta llegar tarde.
Se subieron al auto y partieron. Después de unos minutos recorriendo calles se detuvieron.
Minerva observó a su tía, curiosa, al ver el lugar y preguntó:
– ¿Aquí es?
– Si, aquí es. – Respondió esta, sacando la llave.
– ¿Tanto bullicio por unos minutos en auto? – Miró la casa. Era enorme. – Si llegamos inmediatamente. Mejor, esperemos unos minutos, porque llegamos adelantadas y eso es bien molesto. Fíjate que a la gente los toma de sorpresa, entonces, como que se ponen algo nerviosos, porque les falta algo, o la alfombra está sucia y la mesa desordenada y todos esos imprevistos típicos que salen en los últimos minutos.
Como los odiaba, esos detalles eran los peores. Los compadecía.
Cuando Minerva terminó, de decir todo su largo discurso sobre los imprevistos, notó que su tía ya había bajado del auto y tocaba el timbre de la casa.
Minerva bajó del auto corriendo y se instaló al lado de su tía.
Abrió un joven, mas o menos un año mayor que Minerva. Era alto, de cabello semi rizado y bastante bien parecido. Él las observó y gritó:
– ¡Mamá, tus invitadas! Pasen, pasen por favor. – Dijo este, con un gesto de manos y abriendo la puerta completamente.
– ¡Ah! ya llegaron. – Dijo una mujer, soltando un paño de cocina sobre la mesa.
– Si mamá, son tus invitadas. – Y bajando el tono le reprochó a su madre. – ¿Por qué no me dijiste que una de tus invitadas tenía mi edad? Hubiera podido evitar mi asombro al verla.
– ¡Oh, por favor! Igual la hubieras visto con asombro, sí cuando yo la conocí era bastante linda la chiquita.
– Si, pero el problema es que ya no es chiquita y es bastante linda.
Minerva trató de fingir que no escuchaba, pero la risita nerviosa que lanzó les permitió percatarse de su oyente.
– ¡Oh! Disculpen, mi hijo… bien pasen, sienten por favor, les serviré el té.
Cuando la señora, hubo abandonado la habitación, su tía le comentó:
– ¿Viste, que era bueno que vinieras?
Minerva entre asombrada y avergonzada sólo pudo susurrar:
– ¡Tía! ¡¿Cómo se te ocurre?! Y agradecería que bajaras la voz.
“Como si esto me hiciera cambiar de opinión tan fácilmente” Miró hacia otro lado ofendida. Sería una vergüenza total. Dirigió una mirada incrédula. “Ja, yo no soy tan fácil de comprar”
Se sentaron a la mesa. Después desto, entró la señora con una bandeja amarrilla llena de galletas, tres tazas de té y un azucarero.
– Aquí traje un tesito con unas pocas galletas – Dijo.
Minerva casi sin pensarlo y como generalmente hacía cuando se encontraba ante situaciones que la ponían nerviosa ––y esa gente era tan amable que lograba esto con facilidad–– dijo:
– Que suerte, que son pocas, porque a la hora que son muchas, nos trae una carretilla.
Observó horrorizada el resultado de su propio comentario. “¡¿Qué dije?!”. Y sonrió cínicamente para compensar lo dicho.
Carol le lanzó una mirada casi fulminante y le reprochó entre dientes:
– Minerva, compórtate.
Pero parecía que la señora no se había dado cuenta de los comentarios que se daban en la mesa.
Cuando se sirvieron, su tía con un aire sereno comentó:
– Amelia, no te hubieras preocupado tanto, sabes que yo sólo vine a verte.
– Si, pero a mi me gusta atender bien a la gente. Adoro que la gente se sienta a gusto. – Respondió esta, mientras tomaba un sorbo de té.
– Si, a mi también me encanta atender bien a la gente.
– Quiero que me cuentes todo. – Dijo Amelia bastante interesada.
– Básicamente las cosas están bastante bien. – Su tía jugaba con la servilleta en un acto monótono. – Últimamente, hemos superado una época difícil. – Le sonrió a Minerva. – pero creo que todo se está estabilizando.
– Si, te entiendo, además tú eres tan joven. Yo también he estado pasando tiempos difíciles es por eso que hace tiempo que no te veía.
– Si, ni me digas – Su tía buscó por el lugar y preguntó. – ¿Y tú esposo?
La mujer rió ante aquella situación e hizo un gesto con las manos para responder:
– Eso es lo mismo que yo me pregunto. Estamos separados desde hace casi un año, en forma oficial.
– Hablando de comentarios inapropiados, tía. – Le dijo Minerva en una carraspera
Nuevamente y como la segunda en toda la tarde, su tía le dedicó una de sus temidas miradas fulminantes, que aunque no incluían nada, decían más que mil palabras.
Luego de una larga conversación, sobre todo lo que les había pasado en esos años en que no se habían visto, empezaron hablar de todas las cosas que generalmente se habla en estas reuniones entre amigas.
Minerva había estado escuchando todo tipo de comentarios que, básicamente, no le causaban el terror o suspenso que generalmente sufriría sí le estuvieran contando algo que realmente le interesara. Así que aplicó el método más sutil y respetuoso, que se podía aplicar, para salir un minuto y no tener que escuchar los comentarios que irían referidos a su comportamiento, sus notas o su vida. Únicamente tenía que decir la pregunta mágica, para escaparse desa incómoda situación:
– ¿Dónde está el baño?
Rápidamente la mujer se levantó y apuntó hacia un pasillo diciéndole:
– Sube las escaleras y la primera puerta, ese es el baño.
– Gracias. – Le dijo Minerva a la amiga de su tía, subiendo ágilmente las escaleras, para no tener que escuchar algún comentario sobre ella.
El segundo piso era completamente distinto a la parte de abajo. El largo pasillo que atravesaba el lugar parecía ser más viejo y más oscuro. Tenía algunos cuadros colgados con rostros de gente y una ventana al final del pasillo, la cual parecía digna de una película de terror, aunque no tenía un gran diseño y no era para nada colorida. A Minerva parecía agradarle bastante este tipo de decoración a lo Edgar Alan Poe o quizás mas tétrica, al más puro estilo de “La dimensión desconocida”.
A medida que iba acercándose a aquella ventana, sentía una especie de llamado, como sí estuviera siendo invocada.
Mientras caminaba las tablas del piso crujían. Pero no le importaba nada más que ver la luna desde aquella ventana.
La casa era una enorme mansión, llena de habitaciones cerradas. Minerva sentía que aquellas habitaciones guardaban grandes secretos, historias increíbles de intriga, amor y vida.
Siguió caminando y cuando las ganas de ver la luna por la ventana se habían ido, notó que en la última habitación se encontraba una luz encendida. Se acercó curiosa.
¿Qué encontraría en la única pieza abierta de toda esa vieja casona?
El viento azotaba la casa con fuerza. Miró el techo, sonrió por la ridiculez de lo que diría.
– ¡Váyanse brujos, aquí no hay sal!
Rió, sabía que eso no era verdad, pero gustaba de pensar que el mundo no era tan monótono o al menos, no era tan aburrido como su existencia junto a su tía.
Cuando llegó a la habitación, miró a través de la rendija de la puerta intentando no ser descubierta, para que no la acusaran de espiar. Pero adentro no había nada de lo que Minerva hubiera deseado. En el interior se encontraba un joven recostado, escuchando música a grandes volúmenes, mientras leía un comic. No parecía ser una persona muy interesante, más bien se veía como alguien normal, aburridamente normal, en una habitación normal, pero obviamente mucho más interesante que sentarse a escuchar las conversaciones de su tía.
Intentó no ser notada, pero no contaba con que al lado de la puerta hubiera una pequeña mesa con un florero y que al moverse chocaría con él. No era exactamente la entrada que Minerva deseaba hacer, pero como para iniciar una conversación era bastante buena.
El joven rápidamente se levantó y fue a ver qué había sucedido.
Minerva intentó ocultarse en la oscuridad, pero lamentablemente este joven no era ciego. La quedó mirando y le dijo consolándola, mientras se sacaba los audífonos:
– No, te preocupes no era tan bonito. Además, no se lo digas a nadie, – Buscó en la oscuridad algo inexistente. – pero hace un tiempo pasé a romperlo y desde ese día que quedó con dos o tres pedazos menos. Me llamo Aquila ¿y tú?
Minerva intentó sentirse, un poco, menos avergonzada, después desa hermosa y sutil entrada y respondió tímidamente:
– Me llamo Minerva. – Miró el florero. – y lo siento, de veras que lo siento, no quise hacerlo.
– No te preocupes, nunca me gustó, hace tiempo que buscaba la oportunidad de tirarlo a la basura.
Minerva sonrió, ¡Aquila lo había comprendido todo!
– Así que tú eras la invitada. – Agregó el joven.
– Si, esa soy yo. Lamentablemente mi tía me obligó a venir y necesitaba escapar unos minutos de la conversación.
Minerva se avergonzó. Nuevamente había dicho la verdad, pero no lo más conveniente.
– ¡Ah!, empezaron a hablar sobre tu vida y todas esas cosas.
Suspiró. ¡La habían comprendido!
– Si, me molesta tanto que hablen de mí como si no estuviera.
Mientras Minerva explicaba esto, Aquila se acercó sigilosamente a la escalera para observar al resto de las invitadas.
– ¿Esa es tu tía? – Preguntó extrañado, tras mirar. Eso era muy raro. – Parece tu hermana.
Minerva no extrañada por la pregunta respondió:
– Si, esa es mi tía.
– ¿Qué edad tiene?
– Tiene 26 años. – Aclaró Minerva, sin mucha preocupación.
Eso siempre le sucedía. Su tía era bastante bonita. Por lo general le decían que no se parecían, lo cual le causaba a Minerva una enorme decepción.
– Ven, vamos a mi pieza. – Dijo el joven mientras empezaba a caminar.
Cuando llegaron a la habitación, Minerva se sentó en una de las camas y Aquila en la otra.
Aquila parecía muy interesado en seguir haciendo preguntas.
– ¿Y cómo conociste a mi mamá?
Inmediatamente Minerva cambió su forma de hablar a una más cortante y fría, no le gustaba hablar dello.
– La conocí cuando ayudó a mi tía.
– ¿Ayudarla con qué? – Continúo este.
Minerva bajó el tono de voz, no gustaba de recordar esas cosas.
– Después de que mi papá escapó y mi mamá murió, algún asistente social se tenía que encargar de mi caso.
Aquila se detuvo.
Minerva esquivó su mirada. Odiaba esa mirada, todo el mundo la miraba igual cuando contaba su “triste” historia, odiaba cuando la gente la compadecía.
– Lo siento, yo no lo sabía. Te debió doler. – Intentó excusarse este.
Minerva se levantó y se subió a la cama.
– Si, al principio duele mucho, pero después empiezas a pensar y te das cuenta que igual puedes vivir sin ellos. Con el tiempo las heridas sanan. El tiempo pasa, las horas se van, aunque parezcan infinitas, las cosas nacen, viven y mueren, ninguna cosa que sea real está exenta del ciclo, todo fluye y no se puede evitar por más que uno quiera.
Minerva terminó de decir esto sin la más mínima expresión de pena. Daba la impresión de que no le importaba lo sucedido. Sus ojos se habían tornado más oscuros, como sí la pena y el odio se reflejaran en ellos.
Aquila, siguiendo la conversación agregó con voz lejana:
– Pero la mente no olvida, aunque las heridas sanen los recuerdos no se irán jamás.
Añadiendo una sonrisa fingida, Minerva respondió:
– ¿Sabes?, basta de hablar del pasado. El pasado debe quedar donde debe quedar; en el pasado y nada más. El atormentarse con los recuerdos no vale la pena, mejor hablemos de otra cosa.
Minerva se veía algo incomoda y con deseos de cambiar de tema. Casi se podían ver las imágenes de aquel día en sus profundos y atormentados ojos.
Aquila, notando el cambio repentino de personalidad de ella, decidió cambiar de tema.
Mientras, en la sala de recepción sucedía la conversación que Minerva evitaba.
La madre de Aquila tomó una galleta y preguntó:
– Y ¿cómo está Minerva en los estudios?
– Está bastante mal. Hace unos días me llamaron del liceo, porque Minerva no se junta con nadie, sus notas están mal y parece que no mejora.
– ¿Y por qué no la mandas con mi hijo? Mira, mi hijo tiene la misma edad y yo creo que le haría bastante bien a ambos tener a alguien con quien juntarse. Él también es algo. ..– negó con la cabeza. –…insociable
– Si, pero no lo sé. Primero lo voy a hablar con ella, porque es bastante difícil el iniciar de nuevo en otro lugar, hacer amigos.
– Si, pero ella no empezaría de nuevo completamente, porque ya conocería a mi hijo, entonces sería más fácil.
– Si, puede ser. Lo voy a conversar con ella.
Luego desto tomaron una galleta y siguieron conversando.
Arriba, Minerva, aún algo incómoda, preguntó:
– ¿Qué edad tienes? Yo tengo quince.
– Yo también.
– ¿Te puedo hacer otra pregunta?
– Si, claro.
Rió cínicamente. Odiaba las preguntas. Caminó a la ventana y observó afuera. La luna se veía hermosa. Preguntó lo obvio, sólo para desviar la atención:
– ¿Tu hermano sale con alguien?
– ¡Guau, qué directa! Generalmente se ganan mi amistad primero y luego preguntan. – Expresó impresionado Aquila.
– ¡No! Es que como lo vi tan atento con la chica de allí abajo. – Añadió Minerva, mientras observaba por la ventana más cerca del marco, casi saliendo la mitad de su cuerpo.
Aquila saltó de la cama, tan rápido como pudo. Miró por la ventana:
– ¡Ah, si! Jessica. – Aclaró con un tono de frustración.
Minerva lo miró y comentó, como cuando uno se habla para sí mismo:
– Mmm…esto me suena a celos. – Sonrió, miró nuevamente horrorizada. Lo había hecho de nuevo, debía aprender a callarse. Liberó una risita nerviosa.
Aquila suspiró y se sentó nuevamente en la cama, mientras jugaba con un balón de algún deporte que no alcanzaba a descubrir.
– Claro que no, simplemente es que hace un tiempo me empecé a juntar con ella y creí que ella sentía algo por mí, así que un día le pregunté sí quería tener algo conmigo y de la forma más traumática me enteré que mi hermano le había hecho la misma pregunta un día antes.
– ¡Auch! – Expresó Minerva.
– Si, mi autoestima no ha vuelto a ser la misma desde entonces. No es que me vaya mal con las chicas, simplemente que después de la tercera vez que me sucedió lo mismo, mi autoestima ha bajado bastante.
Minerva intentó no reírse de la desgracia ajena, pero aunque se esforzó no lo logró. Su risita nerviosa fue aún más fuerte.
Aquila la miró apenado y Minerva para intentar opacar su culpa quiso animarlo diciéndole:
– ¿Sabes? Esa chica no es tan linda. Su tez es excesivamente pálida, su nariz es demasiado respingada y obviamente su rubio no es natural.
Aquila preguntó extrañado:
– ¿Qué?
– Por favor, es autocompasión. Ahora dime algo tú.
Aquila se levantó y miró por la ventana.
– Bien, mi hermano no es tan lindo, créeme, lo conozco desde hace mucho.
– ¡No me gusta tu hermano! – Dijo ofendida.
– No, para nada. – Refutó Aquila con un aire sarcástico. – Admitámoslo, mi hermano tiene habilidad, es carismático.
Minerva agregó enojada a esta difamación de su persona:
– Y sí me gustara, ese comentario no me haría sentir mejor. Dime otra cosa, eres penoso hasta para compadecerte.
Minerva se subió a la cama y revisó la repisa de encima nuevamente, le había llamado la atención la primera vez, pero no había podido revisarla por las constantes y molestas preguntas.
Aquila respiró y le dijo a Minerva:
– Mi hermano es un ególatra, sí le pusieras una peluca a su reflejo se enamoraría dél.
– Esa estuvo buena. – Sacó una revista y la abrió. – ¿Te gustan los comics?
– Si. Me gustan ¿a ti?
– No soy fanática, pero los leo. – Lo tiró sobre la cama. – Prefiero a Lovercraft o a Horacio Quiroga.
Aquila dejó de mirar por la ventana y expresó:
– Algunas personas dicen que son una pérdida de tiempo, pero yo no pienso igual.
Minerva seguía viendo la repisa y agregó al comentario:
– Si, también pienso algo como tú. ¿Qué es esto? – Preguntó Minerva mirando una pequeña cadena con dijes de color rojo y celeste.
Aquila miró la pequeña cadena dorada y respondió:
– Eso es una pulsera que me encontré, cuando era pequeño, en la calle.
– Yo tenía una igual. Mi mamá me la regaló cuando cumplí los ocho, pero creí que era única. Mi mamá la mandó a hacer sólo para mí. – Cambiando rápidamente el tono de su voz agregó. – Lo perdí el día de su muerte.
– Sí quieres te la regalo.
– No, no te preocupes, pero… – Hizo una pausa –…podrías ayudarme con algo.
Minerva salió corriendo y se dirigió al baño.
Aquila, algo extrañado, la siguió.
– ¿Qué haces? – Preguntó.
– Mi tía está hablando con tu mamá y tienen para mucho – Explicó – Entonces, yo voy a cerrar la puerta y sí preguntan por mi, tu vas a decir que yo estoy en el baño. Respóndeme ¿tienen llave del baño?
– Sí.
– Pásamela. – Le indicó con un ademán.
Aquila fue a buscarla.
– ¿A dónde vas? – Le preguntó.
– Voy a ir a mi casa.
– ¿A tú casa? Creí que irías a otra parte, algún lugar un poco más interesante.
– No, voy a mi otra casa. Mi tía no me deja, dice que no debo, porque puede ser traumático, pero necesito ir a buscar algunas cosas de mi familia.
Minerva corrió a la ventana de la habitación de Aquila y miró hacia abajo.
– Esperemos a que tu hermano se deje de hablar y me voy.
– ¿Segura que te vas a escapar? ¿Y por esa ventana?
– Si, tengo que ir a mi casa. Tengo que buscar mis cosas. Durante años mi tía me prohibió ir, pero lo necesito. Necesito ver mi casa, mis cosas, necesito verla.
– Creo que puedo cubrirte por un rato, pero apresúrate.
Minerva se subió a la ventana.
– Gracias. – Le dijo – ¿Sabes?, eres más lindo que tu hermano.
Después desto, Minerva besó en la mejilla a Aquila y saltó por la ventana del segundo piso, aterrizando sin ningún problema.
Cuando ya estaba abajo se despidió con la mano de Aquila y salió corriendo.
Aquila, sin ni siquiera pensarlo enunció para sí mismo:
– Definitivamente está loca.
...
Minerva salió corriendo.
Las calles parecían vacías. Se había puesto a llover y las nubes tapaban la luna.
Cuando al fin llegó al lugar donde inició todo, saltó la muralla y la contempló como sí fuera el capítulo que jamás había cerrado de su vida.
Buscó una ventana, La intentó forzar durante unos minutos, pero no pudo.
Estaba tan frustrada que casi no podía controlar el llanto.
Miró el cielo, como buscando una respuesta divina en las estrellas. Y se acordó de que en el techo se encontraba una ventana que su madre usaba para ventilar la casa, no era muy grande, pero lo suficientemente espaciosa como para entrar.
Ágilmente subió al techo con aquella sensación de frío y de que mañana se arrepentiría de haber ido, pero que en aquel minuto ya no podía retractarse de lo decidido.
Entró y observó. La casa estaba como cuando todo estaba bien. El mismo sillón en la esquina, las lámparas con forma de flor, las pequeñas mesitas, la televisión, siguió caminando y entró en la cocina. Ahí estaban los vasos, el refrigerador, los mismos muebles, los restos de los dibujos que había hecho cuando tenía tres años, el mismo orden en los tenedores, los individuales y debajo del lavaplatos aún estaba la saltarina que le había regalado su padre.
Salió de la cocina e inevitablemente pasó por la entrada donde, hace ya siete años, puntualmente a las doce de ese mismo día, perdió a su madre y unos minutos después también a su padre.
El llanto invadió su ser y no pudo evitar derramar lágrimas y caer enfrente de donde su vida había tomado un rumbo distinto.
Después de uno minutos enjugó sus lágrimas, se levantó, iniciando nuevamente la búsqueda de las cosas que tanto añoraba.
Subió las escaleras, entró en la habitación que, hace mucho, albergó a sus padres. Caminó, la observó como sí no la quisiera olvidar por el resto de su vida, abrió la puerta del ropero y ahí estaba toda su ropa.
Minerva no podía creer que todo estaba tal y como lo habían dejado. Su olor aún se percibía. Aunque hubieran pasado lo años los recuerdos invadían su memoria; los abrazos interminables, las veces en que su madre la retaba por cosas que generalmente tenía razón, cuando cocinaban galletas y siempre Minerva tenía la certeza que las primeras se las darían para comer con té.
Al lado de todas las cosas de su madre, estaban colgados los trajes de su padre. Nunca logró comprender por qué su padre no volvió a pesar de que ella lo había esperado tanto. Y aunque no lo quisiera admitir, su corazón aún esperaba por él.
Minerva adolorida y llena de ira lloraba, sabiendo que esta sería una de las últimas veces en que demostraría lo que sentía.
El amor que tenía por su padre con el tiempo se convirtió en dolor, después en ira y luego en odio hacia él.
No podía entender por qué nunca entró por aquella puerta, aunque ella siempre estuvo dispuesta a abrazarlo y perdonarlo para comenzar de nuevo.
Siguió caminando, pasó por el pasillo y entró en su habitación.
Mientras ella pasaba por el umbral de entrada a su pieza, a cuadras de ahí su tía Carol ya empezaba a irse.
– Nosotras nos vamos – Dijo.
– Acuérdate de preguntarle a tu sobrina.
– Si, no te preocupes yo le pregunto. La voy a llamar, debe estar entretenida porque no bajó en ningún minuto ¡Minerva!
– Mejor subamos, porque quizás no nos esté escuchando. Además aprovecho y te muestro como quedó mi pieza. – Dijo Amelia mientras subía las escaleras.
Cada escalón que su tía subía, cada paso que daba la acercaba inminentemente a la verdad.
– ¿Y Minerva? – Preguntó Amelia, cuando entró en la habitación de Aquila.
Aquila, Tratando de no ponerse nervioso ––a pesar de que este tipo de actuación no era su mayor talento –– respondió con seriedad:
– Este…la chica esa…que andaba por acá…está en el baño.
Carol caminó ágilmente al baño, ya con cierta sospecha de lo que sucedía. Tocó la puerta tres veces. Nadie le respondió. Después de unos minutos, esperando la salida de su sobrina gritó:
– ¡Minerva! ¿Estas ahí, Minerva? – Carol esperó un momento más y le preguntó a su amiga. – Amelia ¿tienes llave?
– Si, claro. Este… ¡Aquila!, ¡Aquila! Tráete la llave.
Aquila corrió a buscar la llave que, él, ya sabía, no encontraría en el colgador.
Se devolvió tranquilamente donde su madre y dijo:
– ¡Mamá, la llave no está!
Después desto a Aquila casi le da un ataque al corazón, por toda la tensión.
Cuando finalmente lograron abrir la puerta y observar que Minerva no estaba. Carol salió corriendo, se despidió de su amiga, se subió en el auto y se fue donde suponía podía estar su sobrina
Entró en la casa, pasó por el pasillo y gritó:
– ¡Minerva! Sé que estás aquí.
Apenas Minerva escuchó la voz de su tía, subió a la parte superior del ropero.
Carol subió las escaleras, pasó por todas las habitaciones, revisó cada ropero.
Pasó por el ropero donde estaba Minerva., que intentaba controlarse, al pensar que sería descubierta. Carol miró cada rincón y posteriormente salió afuera, se subió en el auto y partió con rumbo hacia la casa.
Después de asegurarse de que su tía se había ido, Minerva bajó del ropero, salió por donde entró y siguió el mismo camino.
Al llegar, entró silenciosamente, se sacó los zapatos, dejó las llaves en la mesa y se aseguró de no ser descubierta. Subió las escaleras lentamente, intentando que no sonara ni el más mínimo escalón. Cuando llegó a su pieza abrió la puerta, miró para todos lados, asegurándose que su tía no estaba despierta y entró. Prendió la luz y pasó el más grande susto de su vida, al ver a su tía sentada en una silla mirándola fijamente.
Minerva no sabía cómo reaccionar. Carol la miró enojada y preguntó:
– ¿Dónde estuviste?
– Yo…bueno…básicamente estuve en…
– Mejor no me respondas. Me mentiste, me engañaste, me avergonzaste y me decepcionaste, me duele decirte que después desto, voy a tomar una decisión drástica como castigo.
– ¿Cuál sería la decisión drástica? – Preguntó asustada.
– Mañana te voy a decir, por el momento duerme.
Cuando su tía bajó, Minerva se fue a la cama temerosa de aquel terrible castigo que era tan malo, que aún no se lo decía.
¿Qué podía ser tan terrible y minucioso que lo pensaría durante toda la noche? Y no pudo evitar pensar que nunca en su vida había visto a alguien tomar un tono tan verdoso como el de su tía enojada.
Rato después Carol recibió una llamada de Amelia.
– ¿Encontraste a Minerva? – Le preguntó.
– Si, volvió a la casa.
– ¿Y donde andaba?
– No lo sé, pero ya tomé una decisión sobre lo de cambiar a Minerva de liceo.
– ¡Qué bien! ¿Y cuál es la decisión?
– Me di cuenta de que Minerva, necesita cambiar de aire y esta es la forma indicada. Esta misma semana voy a ver sí hay matricula.
– Oye, dile a tu sobrina que venga mañana, me gustaría que viniera a tomar el té. Sin duda es una chica bastante simpática. Te tengo que cortar, chao.
– Chao.
Amelia salió corriendo a abrir la puerta.
– ¿Y tú? Mira la hora en que llegas, pasa rápido.
Su madre cerró la puerta, mientras Eneas guardaba su chaqueta y se dirigía al segundo piso, ignorando completamente el espectáculo que se había dado en la casa.
Entró en la habitación y preguntó:
– ¿Qué pasó mientras no estuve?
Con algo de ironía, Aquila respondió:
– Nada. – Y agregó – Sólo que Minerva, la chica que invitó mamá, es una desquiciada. Se escapó, saltó por la ventana. Su tía salió corriendo, se subió al auto y se fue. Dijo que tu novia era teñida, demasiado pálida, y su nariz excesivamente respingada, rompió un jarrón, es muy simpática, dijo que soy más lindo que tú, escapó con la llave del baño, me hizo mentir, nuestra madre derribó la puerta del baño con un machete. – Negó con la cabeza. – No, realmente no pasó nada.
– ¿Y cuándo viene de nuevo? – Preguntó emocionado Eneas.
– No lo sé, creo que mañana.
– Recuérdame que no haga ningún plan, esto no me lo pierdo por nada.
– Si, yo también estoy ansioso por ver qué sucederá.
